Cristocéntrico
Ser cristocéntrico significa reconocer a Jesucristo como el centro de toda la vida de la Iglesia, de todo ministerio y de toda actividad espiritual. No se trata solamente de mencionar el nombre de Jesús en una predicación, comenzar una oración diciendo “en el nombre de Jesús” o incluir referencias a Cristo en una enseñanza. Ser verdaderamente cristocéntrico significa que Jesucristo determina el propósito, el mensaje, la dirección y la finalidad de todo lo que hacemos para Dios. Toda enseñanza, toda predicación, todo servicio, toda actividad ministerial y todo esfuerzo evangelístico deben conducir finalmente a las personas hacia Él, porque la Iglesia no existe para exaltar la capacidad humana, sino para glorificar al Señor Jesucristo.
Cuando Cristo ocupa el centro, el ministerio deja de girar alrededor de una persona, de un título, de una organización o de una determinada actividad. El ministro no busca que las personas dependan de él, sino que aprendan a depender de Cristo. El predicador no presenta su propia sabiduría como la fuente de la verdad, sino que procura enseñar la Palabra de Dios y señalar a Jesucristo como Señor y Salvador. El maestro no utiliza el conocimiento bíblico simplemente para demostrar cuánto sabe, sino para ayudar a otros a conocer más profundamente al Señor. El evangelista no procura únicamente conseguir una multitud o aumentar una estadística, sino anunciar el evangelio y llamar a las personas a responder a Jesucristo con fe, arrepentimiento y obediencia. El pastor no busca convertirse en el centro emocional o espiritual de la vida de las personas, sino acompañarlas para que crezcan en su relación con Cristo.
Un ministerio cristocéntrico también debe examinar constantemente sus motivaciones. Es posible realizar actividades aparentemente cristianas y, sin embargo, colocar al ser humano en el centro. Puede existir predicación sin verdadera exaltación de Cristo, servicio realizado para obtener reconocimiento, liderazgo utilizado para construir una imagen personal o enseñanza empleada para demostrar superioridad intelectual. Por eso, ser cristocéntrico requiere una revisión permanente del corazón. La pregunta no debe ser solamente: “¿Estamos haciendo algo para Dios?”, sino también: “¿Para quién estamos haciendo esto y hacia quién estamos dirigiendo a las personas?”. Si el resultado de nuestro servicio hace que las personas admiren principalmente al ministro, entonces es necesario revisar la dirección del ministerio. Si, por el contrario, el servicio provoca que las personas conozcan más a Jesucristo, amen su Palabra, busquen su voluntad, desarrollen una vida de oración y aprendan a caminar con Él, entonces el propósito cristocéntrico está siendo expresado con mayor claridad.
Jesucristo debe ser también el centro de la enseñanza. Una enseñanza cristiana no consiste simplemente en transmitir información religiosa, principios morales o conocimientos bíblicos. Su propósito debe ser formar discípulos que conozcan a Cristo y vivan conforme a su voluntad. Las Escrituras contienen numerosos temas, personajes, acontecimientos, mandamientos y enseñanzas, pero el ministerio cristiano debe evitar convertir la Biblia en un simple conjunto de datos desconectados de la persona y obra de Jesucristo. La enseñanza debe llevar al creyente a comprender quién es Cristo, qué ha hecho, qué demanda de sus discípulos y cómo debe responder el ser humano ante Él.
Ser cristocéntrico también significa que Cristo debe ocupar el centro de la predicación. Una predicación puede hablar de familia, matrimonio, servicio, santidad, evangelismo, liderazgo, problemas personales, sufrimiento, prosperidad, disciplina o vida espiritual, pero todos esos temas deben encontrar su lugar dentro de la relación del creyente con Jesucristo. El objetivo no es simplemente producir emociones momentáneas ni ofrecer soluciones humanas para cada problema, sino presentar la verdad de Dios de manera que el oyente pueda comprender cómo debe vivir delante del Señor. La predicación cristocéntrica no utiliza a Cristo como una introducción para después concentrarse completamente en el hombre; comienza con Cristo, permanece centrada en Cristo y conduce nuevamente a Cristo.
La misma perspectiva debe gobernar el servicio. Servir a Dios no consiste únicamente en ocupar una posición dentro de una congregación. Hay personas que predican, enseñan, cantan, evangelizan, administran, reciben visitantes, ayudan a los necesitados, trabajan con niños, participan en misiones o realizan diferentes tareas dentro de la obra cristiana. Todas estas formas de servicio adquieren su verdadero sentido cuando se realizan para el Señor. El servicio cristocéntrico no pregunta constantemente quién recibirá el reconocimiento, quién aparecerá públicamente o quién será considerado importante. Pregunta cómo puede utilizar sus dones y capacidades para honrar a Cristo y beneficiar a otras personas.
Este principio también protege a la Iglesia contra la exaltación excesiva de los líderes. Un ministerio saludable debe dirigir la mirada de las personas hacia Jesucristo y no crear una dependencia absoluta de una personalidad humana. Los ministros son servidores, no sustitutos de Cristo. Pueden enseñar, aconsejar, acompañar, corregir y animar, pero ninguna persona debe ocupar en la vida espiritual de otro el lugar que corresponde al Señor. Cuando Cristo es verdaderamente el centro, el ministro comprende que su responsabilidad consiste en servir con fidelidad y humildad, reconociendo que la gloria pertenece a Dios.
La característica cristocéntrica debe manifestarse también en la vida cotidiana del creyente. No tiene sentido hablar de Cristo como centro del ministerio mientras Él permanece fuera de las decisiones personales, de las relaciones familiares, de la manera de trabajar, de la administración de los recursos, del trato hacia otras personas y de la conducta privada. Cristo no debe ser solamente el centro del culto del domingo o de una reunión ministerial; debe ser el centro de la existencia. Una relación profunda con Él transforma progresivamente la manera en que una persona piensa, habla, decide, sirve, perdona, ama y enfrenta las dificultades.
Por esta razón, afirmar que una institución, iglesia o ministerio es cristocéntrico implica asumir una responsabilidad mucho mayor que utilizar un lenguaje religioso. Significa que Jesucristo es reconocido como Señor y que todas las áreas del servicio procuran permanecer orientadas hacia Él. Significa que la enseñanza busca llevar a las personas a conocerlo; que la predicación procura anunciarlo; que el evangelismo invita a acercarse a Él; que el discipulado enseña a seguirlo; que el servicio busca honrarlo; y que toda la vida ministerial procura glorificar su nombre.
El verdadero propósito, por tanto, no es construir seguidores de una persona, sino discípulos de Jesucristo. No es crear admiradores de un ministerio, sino personas que conozcan al Señor y crezcan espiritualmente. No es levantar un nombre humano por encima de los demás, sino anunciar el nombre de Cristo. No es hacer que las personas dependan permanentemente de una organización, sino ayudarlas a desarrollar una relación cada vez más profunda con Jesucristo.
Ser cristocéntrico es, finalmente, reconocer que Cristo no es una parte del ministerio: Cristo es el centro del ministerio. Toda enseñanza, toda predicación y todo servicio encuentran su verdadero propósito cuando conducen a las personas hacia Él y cuando la gloria que resulta de ese trabajo pertenece únicamente al Señor. Un ministerio puede tener muchos programas, actividades, proyectos y recursos, pero si pierde de vista a Jesucristo, pierde también el centro de su razón de existir. En cambio, cuando Cristo permanece en el centro, cada tarea, por grande o pequeña que sea, puede convertirse en una expresión de amor, obediencia y servicio al Señor.